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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


31 octubre 2017

caloca



Sobre la playa el sol y el azul del mar perdiéndose en otro azul aún más brillante. 
 Alrededor una corona de pequeñas nubes blancas salvo en el norte, sobre el mar.

La luna menguante aún en el cielo. Sobre la playa, en el borde las olas alguien amontona caloca. Según me acerco veo a un hombre mayor con una horquilla haciendo montones de ese alga rojiza. Los primeros temporales del otoño han arrancado sus tallos larguísimos y la han batido y arrojado sobre las playas.

A veces  ráfagas de viento levantan arena que pica la cara. Huele a salitre.

El hombre encorvado, es muy mayor, ahora lo veo, se echa la horquilla al hombro y camina alejándose de la orilla.
 
Playa adelante el mar, con la última marea viva, ha llegado hasta detrás del peñón que mi padre llamaba “de las cabras” y que yo llamo “del busardo”.  Hace ya tiempo que allí  no se encaraman las cabras pero sí que a veces esa rapaz anda por allá, posado en alguno de los salientes más altos o dejándose llevar por el viento marino.

 
A veces, sin saber por qué, parece que mi corazón perdiera peso. Que se expandiera sobre el mar y la tierra como las nubes deshaciéndose en otras nubes.

Por un momento veo a mi padre recogiendo las hojas de laurel que sobresalen del muro musgoso del antiguo palacio de Albaicín. Mi padre señalando con una vara de avellano más allá del Brusco, allí de donde surgen los peregrinos jacobeos que caminan hacia la playa. Mi padre…


En la playa siguiente el viento arrecia, es más expuesta, y en la ría que viene de la marisma aún más. Se acerca a la playa el color del mar virando en tonalidades casi infinitas de azul.

Sobre la arena. Pencas de palma, de pitera, blanqueadas por el sol y la mar.

Un perro, no, perra, y parida no hace mucho, se acerca. Creo que es de una surfista que anda metida en las olas, algo más allá. Es un buldog de esos pequeños, con las orejas grandes y atentas. Con su cara de duende parece preguntarme por su dueña. Me sigue un trecho, de vez en cuando da una vuelta a mi alrededor, mira el mar, mira hacia atrás. Vuelva a mirar hacia el mar.  “¿No sabes dónde aparecerá tu dueña verdad?” 

Parece que la marea comienza a subir. En el cielo las gaviotas flotan sin más, dejándose caer del aire marino sin mover las alas. 

De vuelta, al pasar de nuevo junto al peñón de las cabras y del busardo, desaparecidos todos, la perrita se va por fin. Se aleja trotando sobre la arena. Sin mirar atrás ni una sola vez. 

La playa parece ahora inmensa, solitaria, brillando en las zonas más llanas, amplísima, con la humedad dejada por las olas.



siguen aquí
algunos montones de caloca
junto a las olas












18 agosto 2017

chotacabras



 Hacía años que no aguardaba la noche frente a una hoguera. Delante del albergue el hospitalero ha juntado unos pocos troncos en el centro de unos bancos improvisados. Algunos peregrinos charlan del camino, de la cena frugal, de las estrellas fugaces que rondan en torno a estas fechas del año, del mañana que traerá un nuevo-mismo camino.

Al pie de las montañas la noche llega deprisa. Parece resbalar desde las cumbres desnudas ya cubiertas por las nubes de la tarde. Hay un silencio fresco aquí que cala los huesos, bajo la charla desvaída de los peregrinos y el insistente soniquete de los insectos. Miro las llamas que brillan cada vez más en la oscuridad incipiente. Más allá del cielo encapotado correrán las estrellas fugaces, pienso.

Hace años, sí. Saco una foto de la hoguera con mi móvil y se la envío a uno de mis amigos de entonces. De acampadas y aventuras. No sé por qué. No hay texto. No hace falta.



Otra-misma tarde, hace ya años, junto al río, aguardando la noche para contemplar las estrellas fugaces, en ese momento difuso entre la noche y el día, cuando la serenidad del atardecer desciende suavemente sobre cada hoja de hierba. La charla con los amigos de acampada, tranquila, entre risas, con la cándida camaradería de la temprana juventud. De pronto una sombra, como una rúbrica en el aire de la tarde, casi rozando el suelo y remontándose en un segundo para perderse de nuevo en el bosque. No recuerdo de qué estábamos hablando en ese momento pero sí recuerdo el silencio que vino entonces. Solo nos callamos. Nada más. Como sumergidos de pronto en un misterio que borra de un plumazo todas las palabras.
No hacían falta. La belleza radical y cristalina de la naturaleza se había presentado ante nosotros sin más, y todos nos habíamos dado cuenta. No sé cuánto duró aquel silencio. Después, poco a poco, el discurso del río, de los insectos y los amigos volvió a enhebrar el atardecer.
Nunca olvidaré aquel silencio. Nunca aquella sombra del atardecer.



Ya en la litera del albergue, metido en el saco de dormir, escucho el viento de la montaña merodear entre los árboles. No los sabíamos entonces pero aquellas tardes blancas junto al río estaban ya contadas. Que tan fugaces eran nuestros cándidos corazones de agua como las estrellas que esta noche no veré. Como aquella sombra casi transparente que vino y se fue en apenas nada.

 Me gustaría volar, pienso de repente. Casi rozar la tierra y volver al cielo en un instante, perderme en el mundo.



raya el alba
sobre los restos de la hoguera
vuelan murciélagos