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さて、どちらへ行かう風がふく

bien... ¿a dónde ir...?
...el viento
sopla...


18 agosto 2017

chotacabras



 Hacía años que no aguardaba la noche frente a una hoguera. Delante del albergue el hospitalero ha juntado unos pocos troncos en el centro de unos bancos improvisados. Algunos peregrinos charlan del camino, de la cena frugal, de las estrellas fugaces que rondan en torno a estas fechas del año, del mañana que traerá un nuevo-mismo camino.

Al pie de las montañas la noche llega deprisa. Parece resbalar desde las cumbres desnudas ya cubiertas por las nubes de la tarde. Hay un silencio fresco aquí que cala los huesos, bajo la charla desvaída de los peregrinos y el insistente soniquete de los insectos. Miro las llamas que brillan cada vez más en la oscuridad incipiente. Más allá del cielo encapotado correrán las estrellas fugaces, pienso.

Hace años, sí. Saco una foto de la hoguera con mi móvil y se la envío a uno de mis amigos de entonces. De acampadas y aventuras. No sé por qué. No hay texto. No hace falta.



Otra-misma tarde, hace ya años, junto al río, aguardando la noche para contemplar las estrellas fugaces, en ese momento difuso entre la noche y el día, cuando la serenidad del atardecer desciende suavemente sobre cada hoja de hierba. La charla con los amigos de acampada, tranquila, entre risas, con la cándida camaradería de la temprana juventud. De pronto una sombra, como una rúbrica en el aire de la tarde, casi rozando el suelo y remontándose en un segundo para perderse de nuevo en el bosque. No recuerdo de qué estábamos hablando en ese momento pero sí recuerdo el silencio que vino entonces. Solo nos callamos. Nada más. Como sumergidos de pronto en un misterio que borra de un plumazo todas las palabras.
No hacían falta. La belleza radical y cristalina de la naturaleza se había presentado ante nosotros sin más, y todos nos habíamos dado cuenta. No sé cuánto duró aquel silencio. Después, poco a poco, el discurso del río, de los insectos y los amigos volvió a enhebrar el atardecer.
Nunca olvidaré aquel silencio. Nunca aquella sombra del atardecer.



Ya en la litera del albergue, metido en el saco de dormir, escucho el viento de la montaña merodear entre los árboles. No los sabíamos entonces pero aquellas tardes blancas junto al río estaban ya contadas. Que tan fugaces eran nuestros cándidos corazones de agua como las estrellas que esta noche no veré. Como aquella sombra casi transparente que vino y se fue en apenas nada.

 Me gustaría volar, pienso de repente. Casi rozar la tierra y volver al cielo en un instante, perderme en el mundo.



raya el alba
sobre los restos de la hoguera
vuelan murciélagos 











12 julio 2017

cuando no hablo con nadie




Con quién hablo cuando no hablo con nadie. Aquí, ahora. “Qué hormiga tan gorda”. Como a un niño. Como a un gato que te mira. Quizá. 

Siento la milenrama en mi espalda mientras me apoyo contra la roca del cantil. Me roza un poco en el brazo mientras escribo. Nada.

Quizá lo que pasa es que hablo con Ella sin darme cuenta. Quizá con quien habla Ella cuando no habla con nadie. 

No sé, pero es agradable. Natural. Ese natural, sencillo, de las cosas que suceden sin malicia y sin temor. Sin objeto ni pretensiones. Como el sirimiri que empieza a caer sin más, en su  momento. O una pagaza que vuela y no hace nada para seguir volando. O las hormigas, gordas o no, que en su caminar diminuto no distinguen la roca del acantilado de mis pies descalzos.

“Uf, qué calor…” Cuando se apartan las nubes sí que lo hace sí. “Chicharra”.

Es relajante este hablar como las olas. En un ir venir calmo que lo refleja todo. El tranquilo ritmo de un mar en calma, una respiración de alguien sentado en el borde la tierra. Al sol.

Quién dice, quién escucha. Murmullo del agua que conversa consigo misma.